Club Náutico El Quillá y alrededores

Logo del clubDel netamente santafesino Club Náutico El Quillá muchos hoy conocen y disfrutan sus amplias instalaciones y sus tres piletas de natación… Pero de lo que no tantos se acuerdan -en especial los menores de 30- es de las épocas en las que la natación era el deporte por excelencia del club y el escenario era, pura y exclusivamente, el lago del Parque del Sur.

Nunca me asocié al El Quillá, pero sí concurrí algunas pocas veces como particular, fundamentalmente durante los veranos de 1981-1984, y viví la emocionante experiencia de nadar en la exclusiva piscina natural que el club mantenía en pleno lago del Sur. Que para variar hoy no existe… la piscina, digo. ¿Y el lago? Si sigue así, muy pronto dejará de existir también…

Vayan aquí mis recuerdos de los últimos tiempos en los que el lago del Sur era aún balneario… y El Quillá vivía del lago.

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Breve racconto

Según cuenta la historia, la zona que hoy conforma el Parque General Belgrano de la ciudad de Santa Fe comenzó a poblarse desde el siglo XVIII. Durante más de 200 años la excepcional ubicación del “barrio Sur”, literalmente bañada de agua, constituyó una zona de puertos y embarcaderos, y en sus terrenos se instalaron numerosas fábricas de ladrillos, tejas y demás materiales para la construcción.

Un coipoA fines del siglo XIX el éjido de la ciudad extendía su límite sur hasta el arroyo El Quillá, tributario del río Santa Fe y confín del próspero “barrio Sur”. La curiosa denominación “quillá” respondía, entonces y ahora, al nombre guaraní de un roedor sudamericano muy común en el paisaje palustre: el coipo (foto) de aspecto similar a la nutria o el castor.

En la primera década del siglo XX se contempló la construcción del denominado Parque Cívico del Sur sobre los terrenos comunales del sector, pero -oh, sorpresa- el proyecto durmió en los recintos de la flamante Casa de Gobierno santafesina hasta muy avanzados los años ‘30.

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Esa era precisamente la época de gloria del nadador santafesino Pedro Antonio Candioti, padre indiscutido de la natación argentina de aguas abiertas, cuyas hazañas recorrían el mundo y vestían de orgullo al deporte local.

Don PedroDesde hacía años Candioti buscaba una institución oficial que patrocinara sus tantos periplos acuáticos, y a fines de la década del ‘30 la necesidad de una entidad afiliada a la entonces Federación Argentina de Natación y Waterpolo (hoy CADDA) que fiscalizara su nuevo intento de record mundial de permanencia en el agua se hacía imperiosa.

Fue así como en 1938 un grupo de amigos de Don Pedro decide fundar un club sobre la ribera del arroyo El Quillá, curso de agua donde Candioti había comenzado a nadar desde su niñez. En homenaje a ese entorno tan especial, salpicado de agua y coipos, la denominación de la nueva institución parecía obvia: Club Náutico El Quillá.

La “sede” del club fue por entonces una vieja casilla de madera que funcionaba como obrador del parque. Hoy la histórica casilla no sólo conserva su ubicación original, sino que además ha sido convertida en museo y sala de trofeos.

En febrero de 1939 Candioti cumplió su palabra y recuperó su record mundial de permanencia en el agua, nadando desde San Javier hasta Santa Fe en 100 horas y 33 minutos, record que por tanto quedó en manos del Club El Quillá.

Posiblemente por el aliento que brindaban los incansables raids de “El Tiburón del Quillá”, el gobierno del intendente Francisco Bobbio impulsó a fines de 1940 la construcción del olvidado Parque Cívico del Sur.

Diseñado por el Ing. Angel Guido, el parque hacía gala de una riqueza arquitectónica notable y la mano del hombre transformó el histórico arroyo El Quillá en el lago de aguas regulables que hoy conocemos, separado del riacho Santa Fe por medio de un terraplén sobre el que se asentaría la futura avenida de circunvalación. Pronto el Parque del Sur adquirió su categoría de balneario municipal a apenas unas cuadras del centro y tras su inauguración, en febrero de 1943, se convirtió en uno de los paseos más tradicionales de la ciudad. En 1949 el área pasó a llamarse Parque General Belgrano, si bien para muchos siguió y sigue siendo el “Parque del Sur”.

En medio de un pintoresco paisaje que se abría camino entre el agua y la arboleda circundante, el Club Náutico El Quillá quedó en una posición privilegiada. Bajo la presidencia del propio Pedro Candioti (1948-1967) no sólo se promovieron construcciones edilicias, sino también la incorporación de planteles competitivos en natación -del que, entre otras, surgió una de las máximas figuras de la natación santafesina de pileta hasta el día de hoy, Jorge Drenkard- y otras disciplinas deportivas.

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Mis recuerdos

El Club Quillá que conocí siempre me llamó la atención por el curioso escenario donde se cumplían las prácticas de natación. No se había construido ninguna piscina. ¿Para qué? El lago ofrecía todo el espacio disponible para nadar. Su extremo sur, con la profundidad debidamente controlada, formaba parte del balneario del Parque General Belgrano, que ocupaba aproximadamente un cuarto de la superficie total del lago. En las tres cuartas partes restantes no se autorizaba el ingreso de bañistas, ya que las mismas eran destinadas para uso exclusivo del club.

La práctica del remo por parte de los socios de El Quillá era una de las actividades más difundidas en el lago. Para la práctica de natación y water-polo, el club había construido una piscina natural frente al edificio principal de la entidad. Estaba constituida por dos balsas de madera ancladas al fondo del lago y separadas 25 metros por seis hileras de andariveles tendidos en forma permanente.

Más o menos asi se veia el natatorio de El QuillaToda esta estructura se encontraba en pleno lago, a unos 20 metros de la orilla, por lo que había que trasponer el sector boyado que indicaba proximidad de peligro y nadar un poco hasta llegar a la misma. El fondo de ese trayecto era el cauce virgen del ex arroyo El Quillá, por lo que, para mí, la profundidad a la que se encontraba la pileta natural era incierta: 8, 10, 15 metros… nunca lo supe. Podía accederse a la plataforma de las balsas mediante una escalera común de piscina y el espacio era lo suficientemente amplio (de unos 12 metros de largo por 4 de ancho) como para descansar y tomar sol. Aunque no sea exactamente lo mismo, la foto de la izquierda presenta un diseño similar al que tenía el natatorio de El Quillá y con el mismo tipo de andarivel (click para ampliar).

Vista de El Quillá, el lago del Sur y el riacho Santa FeDe hecho se organizaban competencias en este escenario natural. Nunca asistí a ninguna, por lo que ignoro dónde se ubicaba el público y las autoridades de tales torneos. Pero los representantes de El Quillá siempre estuvieron presentes en la natación santafesina y su primera participación en el tradicional Torneo del Litoral Argentino se remonta a una fecha tan lejana como 1943.

También eran comunes las competencias de aguas abiertas en el lago, realizadas en circuitos delimitados por boyas dispuestas en rectángulo que rodeaban la piscina natural. Ese circuito solía tener unos 500 metros o más y la distancia total a nadar se cubría dando varias vueltas al circuito. Yo concurrí a algunas de estas competencias, observándolas cómodamente desde el parque… pero el padrino de Andarivel 4, mi amigo Jorge Aguado, me comentó no sólo haber sido asiduo participante de esas competencias, sino también haber salido campeón de muchas de ellas. ¿Nos contarías tus recuerdos, Jorge?

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La proximidad del Quillá al Ateneo Inmaculada hizo que alguna que otra tarde de sábado veraniego me fuera a nadar al Ateneo y luego me reuniera con mis padres y amigos de ellos en el Quillá, para disfrutar de un apacible atardecer al aire libre rodeados por la frondosa arboleda, mesas, asadores y sombrillas. Los amplios y coloniales vestuarios del club mucho hacían acordar al vestuario del Ateneo; hasta las peculiares perchas en las que colgábamos nuestra ropa -con un compartimiento inferior especialmente diseñado para colocar el calzado en forma vertical- eran las mismas!

Otras pocas veces solíamos ir con mi mamá para pasar la tarde de algún día hábil. Recuerdo perfectamente una de esas tardes. Mi mamá era principiante en natación gracias a sus clases en el Ateneo. En visitas previas al Quillá ella nunca había transpuesto el límite boyado (ni mucho menos llegado hasta las balsas) pero esa vez le pregunté si se animaba a acompañarme hasta la pileta natural, aún a sabiendas de que ella tendría que nadar 20 metros sobre una profundidad desconocida… y considerable. Para mi sorpresa, me contestó un “sí” sumamente convincente. Su firme decisión me estimuló y la seguí lenta y atentamente durante todo el trayecto. Y la que toda su vida había mostrado terror por el agua llegó triunfante a la meta, subió por la escalera y se puso a tomar sol sobre la plataforma de una de las balsas. Cuando yo recobré el aliento, me puse a nadar feliz entre los andariveles… para distender tantos nervios y… disimular mi emoción. Fue una de las -tantísimas- experiencias inolvidables que viví con mi mamá.

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Réquiem para un lago

Pero en esa época (1981-1984) la sanidad de las aguas del lago ya estaba en serio cuestionamiento. A decir verdad, desde que tengo uso de razón las aguas del lago del Sur siempre fueron blanco de objeciones. Doy fe de que en la zona del balneario el fondo era fangoso y la visibilidad se perdía completamente a unos 30 cm por debajo de la superficie del agua. Para muchos bañistas sus aguas eran “estancadas”, y la coloración eternamente verdosa de las mismas siempre daba la apariencia de estar pobladas de algas. Otros preferían dirigirse a Guadalupe y sumergirse en las limpias aguas de la Setúbal… siempre y cuando las pirañas y palometas se mantuvieran a kilómetros de distancia…

O sea que en la Santa Fe que yo viví no era sencillo encontrar un balneario municipal “como la gente”. No pocos santafesinos preferían cruzar el túnel subfluvial para aterrizar los fines de semana en el balneario de la Toma Vieja de Paraná. [Paréntesis: todavía recuerdo ese piletón de 50 metros en el que exigían sí o sí el uso de gorras para todo el mundo (que vendían allí mismo por monedas)... y también recuerdo esa pequeña pileta natural de armazón y fondo de madera enclavada en pleno río Paraná.]

Puede decirse que la decadencia del lago del Sur ha sido lenta y penosa. Vaciadero comprobado de líquidos cloacales durante años, las algas comenzaron a teñir distintos sectores del lago con una gama de tonalidades de verde y para mediados de los ‘80 los análisis bacteriológicos correspondientes determinaron que las aguas ya no eran aptas para balneario. Yo ya no vivía más en Santa Fe para la época en que el lago fue declarado inutilizable.

Es claro suponer que para el club El Quillá la situación provocó el éxodo de socios. La construcción de una piscina en el amplio predio se volvía inevitable y esa fue la obra prioritaria que le permitió al club recuperar su posición de antaño. A esa primera pileta le siguieron dos más en sus inmediaciones (una para niños) y la incorporación de muchas otras disciplinas como canotaje, gimnasia, rugby, fútbol, básquet, tenis, voley, hockey… y hasta una colonia de vacaciones.

Hoy el club es un fortalecido emporio deportivo con más de 2.000 socios, con modernas instalaciones y con nuevos buenos valores de la natación competitiva.

Pero el lago agoniza a su alrededor.

Hace casi 25 años que fue clausurado como balneario… y todavía, a pesar de la labor de la Comisión de Defensa del Parque del Sur y de los tantos proyectos de saneamiento, poco y nada se ha hecho en concreto por la recuperación definitiva de tan rico patrimonio natural.

El lago del Parque del Sur

Es de esperar que el intendente Martín Balbarrey -que, dicho sea de paso, aparece en la misma fila que yo en nuestra foto de 6º grado de la Escuela Sarmiento Nº 1, allá lejos y hace tiempo- corone su actual gestión gubernamental devolviéndole la vida al alicaído lago del Sur.

Lago conocido hoy con el nombre “Pedro Antonio Francisco Candioti”. Me pregunto qué diría Don Pedro si lo viera…