Diciembre 1969 – Diciembre 2009

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Fue un mes como este, diciembre, a mediados tal vez. El entusiasmo por enfrentarme a lo desconocido, más aún cuando se tienen 11 años, parecía infinito. Acababa de finalizar el 5º grado del viejo plan de educación primaria (entonces de flamante implementación) que contemplaba el cursado de 1º a 7º grado, y famoso a la vez por haber resuelto el 1º Inicial y el 1º Superior de los años ‘60 en 1º y 2º grado respectivamente -los que vayan rondando por el medio siglo de vida se acordarán muy bien de lo que digo…

Tres meses de vacaciones escolares por delante tal vez no habrían augurado un verano distinto si en ese día de diciembre no hubiera preparado el bolso tratando de no olvidar lo fundamental… y no hubiera recorrido a paso decidido esas tres cuadras y media que me separaban del club Gimnasia y Esgrima de Santa Fe.

Aprender a nadar: esa era la consigna.

Si esa misma consigna tendría que planteármela hoy tal como lo hice entonces, la decisión seguramente no sería tan fácil. Y es porque hoy lo veo a diario en la pileta: gente que concurre a aprender fundamentalmente porque el médico se lo ordenó, por lo general temerosa del líquido elemento en el que deben sumergirse, asiéndose de las escaleras y barandas con pavor y premura, acatando las suaves directivas impartidas por profesores indulgentes -que por su edad podrían ser sus hijos o incluso sus nietos- en quienes depositan su confianza y por qué no, para algunos hasta su vida.

La gran ventaja de aprender a nadar desde chicos es que nunca sabremos de estos temores y recelos, ni de sonrojarnos frente a jóvenes que se desplazan mucho más rápido y aprenden con mayor celeridad, ni de sentir que el peso de los años se viene encima y ya no es tan sencillo nadar un largo de pileta a la par de ellos.

Pero esas no eran para nada mis preocupaciones aquel día de diciembre de 1969. Con voraz decisión perforé el espejo del agua de alguna de las tres piletas de Gimnasia (acordarse exactamente de cuál se transformaría en una adivinanza) y podría decirse que hoy, 40 años después, la rutina perdura como si esa simple acción me hubiera introducido en un túnel del tiempo en lugar de un cono de agua.

De ahí en más, una porción de mi vida cambiaría para siempre. La natación sería parte de ella sin pedir mucho a cambio. Cuarenta años nadando, sin haberme propuesto nunca llegar a un equipo de competición ni ser protagonista de torneos de envergadura… simplemente porque soy una persona no competitiva por naturaleza – ja!, casi seguro que por ahí anda el motivo de muchos de mis males! Sólo nadar por puro placer, sin importar si la persona del andarivel contiguo va más rápido o más despacio que yo. La sensación de desplazarse por el agua a buen ritmo y de gozar infinitamente el momento sin por ello convertirlo en un sacrilegio ni estar pendiente de a quién hay que ganarle esta vez, es un encanto oculto del que también puede disfrutarse en gran medida.

No es que no me haya trazado metas en estas cuatro décadas “cloradas”. Y la de este año en particular se lleva de lejos el record absoluto. Al menos de eso puedo dar cuenta, después de dejar atrás 19.200 piletas cortas en la academia Crol. Lo cual traza de por sí solo el piso para mi programa 2010…

Buen motivo para festejar estos 40 años a pura brazada!

Y como a los agasajos hay que acompañarlos con un poco de color, bien vale rendir aquí mi pequeño homenaje a la casa donde todo esto comenzó. Un viaje relámpago a Santa Fe el mes pasado me procuró los minutos necesarios -pero no suficientes- para darme una vueltita por los dos clubes de mis amores… y aquí está el testimonio gráfico de una parte de ese recorrido.

Hacía por lo menos 30 años que no pisaba la sede del club Gimnasia y Esgrima de Santa Fe y mis recuerdos sobre la infraestructura edilicia habían quedado congelados tal como vemos en las fotos en blanco y negro. Esto fue lo que encontré después de esos 30 años.

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Frente GyE 1970

La tradicional esquina de 4 de enero y Juan de Garay. Al frente, la entrada principal y oficinas administrativas. Al fondo, los "nuevos" vestuarios remodelados en mi época.

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Fachada GyE 1970

La típica fachada colonial con el zaguán y los dos ventanales con balcón a cada lado. Hasta diciembre del '69 la fachada de mi casa era bastante parecida a esta.

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Natatorio GyE 1970

El natatorio en pleno, completamente al aire libre, con la pileta vieja en primer plano y al fondo las más nuevas: la de chicos (izquierda) y la de entrenamiento (a la derecha, perpendicular a ambas).

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Esquina GyE hoy

La esquina de 4 de enero y Juan de Garay hoy. Admito que me costó reconocerla.

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Fachada GyE hoy

La fachada actual del club: no queda nada de la estructura colonial. Sólo el sector de vestuarios sigue en pie, con una nueva construcción en el piso superior.

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Pileta GyE hoy

La pileta vieja, hoy cubierta. Si hay algo que sobrevive intacto, al igual que las tribunas, creo que son los cubos de partida... aunque sólo en la cabecera sur. Y las agarraderas para la largada de espalda! A la izquierda se ve el acceso a la otra pileta de 25 m, cubierta por una carpa que justo en ese momento estaban desmontando, posiblemente para la temporada de verano.

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Pileta GyE hoy

Otra vista de la septuagenaria pileta, con parte de la tribuna principal a la derecha y acceso a vestuarios por subsuelo. Esta tribuna era mi preferida, desde la cual seguí tantos torneos. Dos detalles pintorescos de la pileta desaparecieron para siempre: la fuente de agua en la cabecera norte (donde aparentemente hoy se emplaza el equipo de calefacción) y las guardas romboidales que decoraban las paredes interiores. Tal vez la misma suerte haya corrido el escudo del club en el fondo de la pileta.

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Cancha volley GyE hoy

No sólo el natatorio fue modificado desde mi paso por el club: también la vieja cancha de básquet, de flamante remodelación al despuntar los '70. Esta cancha de volley que vemos en la foto no estaba en mi época y si no me equivoco se emplaza exactamente en el mismo lugar donde se había montado el escenario para el recital de Charly García y su Máquina de Hacer Pájaros que presencié en 1977. Qué aventura!

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