Club Ateneo Inmaculada de Santa Fe
Parte IV: Historias de nado
En grupo siempre es mejor
No recuerdo con precisión qué distancia nadaba diariamente en el Ateneo, pero sin duda era bastante más que ahora. No me sorprende; en el Ateneo viví la época más productiva de todo deportista: la que va entre los 17 y los 25 años. A mayor edad, uno indefectiblemente -aunque sin notarlo en forma inmediata- va remontando una cuesta ascendente… o más concretamente en natación, una zona con correntada en contra.
De lo que sí me acuerdo es que durante mucho tiempo nadé con acompañantes a la par, es decir, haciendo nado dividido en un mismo andarivel. Uno de esos acompañantes era Osmar Raúl Reynoso, por entonces empleado bancario que gozaba de la natación tanto como yo. Cuando nadaba aeróbico, Raúl bajaba los decibeles hasta igualar mi ritmo, así que era cómodo nadar con él. Pero había más aún: Raúl ya había competido en varias ediciones de la maratón Santa Fe-Coronda! Y aunque sus tiempos nunca lo favorecieron, dejándolo siempre en la retaguardia del pelotón (su mejor ubicación fue la 17ª en la edición de 1976) para mí sus hazañas ya constituían todo un triunfo desde el momento en que era un deportista capaz de nadar durante 10 horas seguidas! Los curiosos podrán seguir la trayectoria de Raúl entre 1976 y 1979 -épocas en las que nadie bajaba del podio al campeón rosarino Claudio Plit- en el sitio web de la Santa Fe-Coronda.
Con Raúl solíamos precalentar con una rutina de la que hoy apenas si llego a la cuarta parte: 2000 metros con vuelta americana. Es decir, generalmente no nos proponíamos nadar 2000 metros de entrada. Empezábamos con 1000 y al terminar la 40ª pileta nos decíamos… “¿Vamos 2000?” Dale, vamos… como si nada.
No obstante, salvo por esta rutina, me resultaba imposible seguir el programa de Raúl, que incluía 1000 metros de patada… y hasta 1000 metros mariposa!! Por eso, después del precalentamiento, él seguía aporreándose… y yo también… pero no con ese programa!

Los héroes del Ateneo
Una muy interesante nota publicada recientemente en el sitio web de mis amigos de Marea Roja nos presenta el video de una nadadora discapacitada para quien el Canal de la Mancha, el Mar Báltico o el Canal de Beagle, por sólo mencionar unos pocos, no constituyen impedimento alguno para su increíble determinación y fuerza de voluntad.
El artículo sobre las sublimes proezas de esta nadadora de nivel internacional disparó mis recuerdos sobre un grupo de jóvenes que conocí en la pileta del Ateneo Inmaculada hace ya tanto tiempo. Eran también discapacitados motrices… aunque eso de “discapacitados” es una palabra demasiado trágica para definir a verdaderos portadores de una lección de vida, como la que siempre nos dieron estos chicos en la pileta.
Uno de ellos era Julio, un rubio muy simpático y conversador. En su niñez Julio había padecido poliomielitis, enfermedad que le provocó estragos en sus piernas, hasta el punto de obligarlo a caminar siempre con sendos bastones en cada mano. La práctica de la natación había modelado su torso como el de un deportista profesional y, si bien nadaba los cuatro estilos, sobresalía especialmente en mariposa. Cabría preguntarse cómo era capaz de manejar un estilo en el que las piernas juegan un papel fundamental. Julio lo hacía magistralmente, ignorando sus piernas y concentrando toda la energía en sus poderosísimos brazos. Con Julio compartí muchas veces el andarivel y nadamos juntos nuestras buenas series de crol. Y no me olvido de cómo tenía que trabajar yo para seguir su ritmo…
Sin embargo Julio no era el único que despertaba admiración en el Ateneo. También he visto jóvenes con una sola pierna, que luego de extraer su otra pierna ortopédica y dejarla en el borde de la pileta saltaban al agua para hacer maravillas.
Uno se pregunta de dónde toman impulso para hacer lo que hacen. Pero ahí está la clave de la perseverancia de estos individuos, a los que la vida les jugó en contra y sin embargo encuentran la forma de burlarse de sus propias desgracias y salir adelante.
Y ahí es cuando comenzamos a comprender que los verdaderos discapacitados… somos nosotros, los que tenemos dos brazos, dos pies, dos piernas, dos manos, dos ojos, dos oídos… y fundamentalmente un cerebro… todo en perfecto funcionamiento… y que, sin embargo, en incontables oportunidades y en tantas disciplinas de la vida ni siquiera sabemos aprovecharlos como se debe.

El equipo de competición
La natación santafesina de nivel tanto nacional como internacional está bien al tanto de quién es el profesor Raúl Strnad. Con más de tres décadas de trayectoria en este deporte, ha sido el entrenador cuasi-permanente del plantel de nadadores federados de Gimnasia y Esgrima de Santa Fe, incluso desde la época en la que yo aún concurría a ese club.
Sin embargo, poco se ha oído hablar de su hermano, Roberto “Tito” Strnad, que tuvo a su cargo el entrenamiento del equipo de competición del Ateneo a lo largo de casi todo el tiempo que yo nadé allí. A mediados-fines de los ‘70 el plantel del Ateneo era poderoso y de esa pileta salieron luminarias que poco después descollarían en pruebas de aguas abiertas.
Tito comenzaba sus entrenamientos diarios poco después de mi llegada al club, alrededor de las 18 hs. Uno a uno iban arribando los nadadores, dispuestos a iniciar una rutina que no era nada liviana ni llevadera. Ocupaban invariablemente cuatro de los seis andariveles de la pileta y en más de una ocasión Tito mandaba a algún chico a entrenar del lado donde estábamos nosotros, “sacudiéndolo” con +30 piques de 50 metros y demás sutilezas.
Como es usual en todos los entrenamientos, las postas eran también parte de la rutina… y una vez hasta me involucraron a mí! Recuerdo que Tito había organizado una frenética serie de postas mixtas de 25 metros, en las que todos los nadadores participaban ininterrumpidamente. Largaban, llegaban al otro extremo donde los esperaba el relevo, salían de la pileta y volvían a largar cuando les llegaba nuevamente el turno.
Como era de esperar, la batahola provocada por 15-20 nadadores lanzándose al agua continuamente cada 20 segundos tornó imposible el nado normal en el otro lado de la pileta, donde estábamos nosotros. No me acuerdo exactamente si fue por esa razón, pero lo cierto es que salí de la pileta y me quedé observando. En eso veo que Strnad, a unos 15 metros de distancia, me hace señas para que yo también me integrara a las postas. Como me había tomado por sorpresa, ya que al igual que otros entrenadores que conocí nunca se mostró mayormente interesado por los aficionados como yo, con un gesto le pregunté qué quería que hiciera. A su vez, él me contestó con otro gesto: empezó a batir sus brazos en seco, indicando el típico braceo de crol.
Así fue como me lancé al agua y comencé una furiosa carrera de 25 metros libre, integrando el mismo equipo y en el mismo andarivel donde corrían poseedores de records provinciales y nacionales. Fue una experiencia emocionante.
Y no era para menos. Esas eran las épocas de Diego Degano (foto) y los hermanos Fernando y Diego Fleitas, todos los cuales años más tarde, entre fines de los ‘80 y principios de los ‘90, serían verdaderas estrellas de campeonatos en aguas abiertas, particularmente la clásica maratón Santa Fe-Coronda.
Pero en el Ateneo de mi época también nadaba otra figura que arrasaría con varios records nacionales: era Edgardo Fernández, nadador completo y con excelente técnica en los cuatro estilos, lo que lo llevaría al podio de los 400 m combinados en las distintas categorías que fue atravesando durante su destacada trayectoria.
Un chico que le seguía de cerca era Andrés Saux, el eterno escolta de Edgardo e integrante de numerosas postas que siempre se llevaron los mejores puestos. También hacían lo suyo con solvencia Sergio Delgado, Rubén Tallone, Guillermo Mántaras, Juan Carlos Cainelli (un flaquito capaz de hacer largos interminables durante las 2 horas y pico del entrenamiento y que frecuentemente los hacía en nuestro territorio) y otro chico muy cordial que solía entrenar fuera de hora y por lo tanto a veces compartíamos andarivel: Pascual D’Estéfano. Pascual era fundamentalmente librista y recuerdo un torneo en el que se lució tanto en una posta que fue prácticamente el único responsable del triunfo de la misma.
El equipo de competición del Ateneo se destacó casi siempre por su plantel masculino. Las chicas, si bien no eran pocas, no tuvieron -al menos en mi época- una actuación brillante, por lo que se me escapan muchos de sus nombres. Sólo recuerdo a dos: Lilia Perrone y Cecilia Arenaza, esta última estudiante secundaria de mi Escuela Industrial Superior (aunque yo le llevaba ventaja en edad) y no muy dada con sus compañeros, a decir verdad.
Ya en los ‘80, ante la deserción de Tito Strnad y poco antes de mi partida del club, el equipo de nadadores pasó a ser entrenado por el profesor José Selva, que hasta entonces se dedicaba a la enseñanza de niños y adultos junto al gran maestro de mi mamá, Juan Richard.
La despedida
En mayo de 1984 me vine a vivir a Córdoba capital, lo que supuso un nuevo hogar, nuevas actividades, sendas carreras universitarias de grado y posgrado… y otros escenarios acuáticos. Siempre dije que adonde me lleve la vida, tendrá que haber una pileta de natación cerca.
Seguí concurriendo al Ateneo hasta pocos días antes de la mudanza interprovincial y si bien en el fondo siempre pensé volver a esa pileta, aunque fuere por unos días, jamás lo hice… y ya no podré hacerlo.
Como dije al principio de estas notas, aunque esa vieja pileta hoy no exista, afortunadamente los recuerdos quedan… y puedo compartirlos.
En la foto de arriba (hacer clic para ampliar) tomada alrededor de 1995 y que permite observar al fondo parte del lago del Parque General Belgrano, puede apreciarse en primer plano el tradicional “galpón” que albergaba la pileta -señalado por la flecha amarilla- con las hileras de 7 ventanas en ambos niveles de las galerías que rodeaban la misma y el inmenso ventanal de la parte superior, casi colindando con el techo. En la planta baja se ven las arcadas de la galería que yo atravesaba (frente a la cancha de fútbol) hasta llegar a la escalera que conducía a la pileta en el extremo izquierdo de dicha galería. El estado de abandono que evidencia esta construcción, nos hace pensar que los días de la vieja pileta, si es que aún seguía habilitada, estaban contados.
La foto nos permite apreciar también el emplazamiento de la actual pileta -indicado con la flecha celeste- mostrándonos la estructura del techo, posiblemente aún en construcción.

