Bucor Parte II: Entre Nado y Charla
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Lo que en un principio había pensado como refugio exclusivo de verano, poco después se convirtió en natatorio permanente para mí. Creo que fue durante el transcurso del ‘93 que decidí que a partir del próximo año me trasladaría definitivamente de Instituto a Bucor para nadar todo el año en la pileta de aguas tan cristalinas como un espejo.
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El inconveniente era que por entonces Bucor Centro cerraba por mantenimiento durante 20 días al año… y ese cierre coincidía justamente con el receso universitario de enero, es decir, mis vacaciones. Esta modalidad se prolongó hasta fines de 1997, cuando por fin desde entonces la pileta estuvo disponible sin interrupciones durante todo el año.
Fue precisamente en Bucor y durante esos eneros de vacaciones en que los recuerdos de las viejas épocas del Ateneo Inmaculada volvieron a cobrar vida por varios años. Porque, durante su infaltable escapada de enero a Córdoba, mi mamá solía acoplarse a la aventura y afortunadamente en muchas ocasiones nos encontramos disfrutando por igual de la pileta -ella con su rutina y yo con la mía- tal como lo hacíamos en esa inolvidable época de 1980-1983 en el Ateneo. No sólo este interludio “bucoreano” constituyó plena delicia para ella, sino también para mí y para el staff, pronto seducido por esa particular simpatía nunca ausente en esta compañera eterna.
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El “clan”
El rasgo más formidable que caracterizaba el grupo humano que se daba cita en Bucor, al menos en el horario del mediodía de pileta libre, era la camaradería. Como producto de vernos las caras con singular frecuencia, muy pronto el “hola” inicial fue seguido por charlas, tanto en la pileta como en los vestuarios, llegando a un punto en que uno parecía sentirse en familia, porque además de los habitué de siempre, la mayoría de los nuevos que llegaban no tardaban en integrarse y formar parte del “grupo”.

Buena ocasion para disfrutar de un cafe mientras observamos como trabajan los demas... (foto del sitio web de Bucor)
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Este detalle era ciertamente extraño para mí. Habiendo nadado hasta entonces en clubes y en horarios en los que invariablemente entrenaba el equipo de competición, la población infantil y adolescente de la piscina siempre había sido numerosa, dejándonos más bien solos y aburridos a los que teníamos de 25-30 años para arriba… Bueno, está claro que se concurre a una pileta para nadar, pero también se sabe que es más llevadero hacerlo con gente cordial alrededor que al menos diga precisamente “hola”, ¿o no? Por eso, cuando en Bucor me ví en una piscina sin chicos, con compañeros exclusivamente adultos y, además de ello, con buena onda, todos dispuestos a desarrollar sus rutinas de nado como alumnos obedientes y aplicados, hasta me pareció raro no sólo saludarnos, sino también hablar!
Muchos personajes simpáticos han pasado por Bucor, de los que conservo los mejores recuerdos. A riesgo de olvidarme de unos cuantos -los que lean esta página y se sientan afectados por mi frágil memoria podrán reprenderme a gusto y piacere enviando un comentario- aquí van algunos:
Pablo, el violinista, que no sólo ofrecía conciertos junto a su madre pianista, sino que hasta supo integrar el grupo folklórico del Chango Spasiuk (“Un tipazo!”, según Pablo). Su presencia jamás pasaba inadvertida, ya que su contagiosa risotada resonaba a lo largo y ancho de los 3.000 metros cúbicos de todo el recinto! Muy buen librista, con Pablo solíamos ablandar con 500 metros o por ahí compartíamos algunos piques… aunque de hecho, yo siempre lo dejaba pasar adelante e infaliblemente se despegaba enseguida de mi cabeza!…
Mauro, el ex-nadador, que seguía entrenando con el mismo ímpetu y la misma velocidad de sus tiempos en las competencias, dueño de un medley perfecto y capaz de recorrerse los 200 m en el tiempo en que yo hacía menos de 100 libre a toda máquina…
Juan Carlos, el médico psiquiatra, que atendía verdaderas consultas profesionales en la pileta! Sumamente simpático, le gustaba más charlar que nadar; no es sorpresa que fuera amigo de todo el mundo. Todos y cada uno de los asistentes en ese horario siempre teníamos algo de qué hablar con él o viceversa…
Susana Romano, escritora y docente universitaria que ya conocemos en este blog, siempre con la palabra lista para convertirla en poesía… y con quien nos seguimos viendo al día de hoy… en otra pileta y fuera de la misma también…
Martín, adicto al entrenamiento duro, que luego pasó a integrar el equipo de profesores de la Academia y era admirable ver su dedicación y su gran conocimiento puestos al servicio de la enseñanza…
Mariana, la abogada, nadadora del grupo de las 14 hs guiado por Bochi Sosa pero muchas veces concurriendo antes, era mi aliada de quejas sobre la (alta) temperatura del agua y para la desesperada apertura de ventanas en el vestuario, para así por fin respirar un poco de aire fresco en medio de semejante baño turco…
Gastón, el traductor, con el que siempre nos intercambiamos datos útiles sobre una disciplina que nos apasiona por igual. Al igual que con Estela, traductora y profesora de inglés…
Y tantos otros nombres, algunos de los que todavía me acuerdo; otros que ya no. Marta, Nilda, Miguel, la ex-nadadora entrerriana que decidió “bajar los decibeles” de su entrenamiento cuando se enteró de que estaba embarazada; el abogado que llevaba un ritmo de nado similar al mío y siempre me invitaba a hacer largos juntos; la ex-nadadora de Bell Ville que conoció a las hermanas Garrone; la simpática abogada que nadaba con aletas y solía concurrir con su hija; el corredor de triatlón de 67 años que también supe encontrar en las contadas oportunidades que fui en el horario de las 8 de la mañana… y otros de los que ni siquiera logré conocer sus nombres pero que aún recuerdo tan bien…
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El staff en pleno de Bucor Centro, desde los dueños hasta los profesores (Graciela, Mara, Diego, el infaltable Bochi Sosa y muchos otros) y, por supuesto, Toño y Anabel y sus dos hijos que ví crecer a través de los años… (y hasta convertirse en padres) conformaban otro deleite. Siempre me acuerdo del día en que por fin alguien deletreó correctamente mi apellido, sin preguntar y sin dudar ni un instante de lo que estaba escribiendo. Toda una conquista! Fue precisamente el papá de los hermanos Buccolini. Cuando vio mi cara de asombro al comprobar mi apellido escrito con dos “s” en el carnet que me acababa de entregar, Don Buccolini justificó su iniciativa con toda franqueza: “Es que ese apellido piamontés no puede escribirse de ninguna otra forma. Tiene que ser así, no hay otra opción”. Bueno, entre italianos nos entendemos, pensé para mis adentros, olvidándome alegremente por un momento de las luchas de por vida toda vez que mi apellido era/es escrito con una sola “s” (como en mi DNI original), con “c”, con “z”, o directamente transformado en otros apellidos de fonética similar… o completamente disímil. Lo que para la inmensa mayoría ha sido siempre un desafío, aún tratándose de un sencillo apellido italiano (qué podríamos esperar de uno alemán o polaco!) para Don Buccolini fue lo más natural del mundo!
Sin embargo Bucor como Institución global y Bucor Centro en particular también se caracterizaban por otro componente indisoluble de su propia existencia: un continuo crecimiento mediante la permanente remodelación de sus instalaciones, desde los detalles más pequeños y aparentemente insignificantes hasta los de gran infraestructura tanto en piscinas como en recintos. Remodelaciones que no necesariamente se reflejaban al instante en el bolsillo de los clientes… pero que vaya si las disfrutábamos!
En mis 15 años de permanencia fui testigo de muchas mejoras. Vale la pena recordar las que más me impactaron, por lo que en el próximo y último post me voy a detener un rato con cada una.
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