Estampas del legendario Mark Spitz
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Para todos aquellos vinculados a la natación (y no tanto también) el nombre Mark Spitz no necesita presentación alguna. El hoy canoso y cuasi-sesentón héroe de Munich ‘72 no se olvida de sus hazañas en la piscina… como tampoco nosotros permitimos que ese recuerdo imborrable se pierda a la deriva.
Con entonces 22 años y un espeso bigote que haría historia, este californiano de 1,83 m -estatura que hoy se queda corta para un nadador de élite- había dejado sin habla al universo deportivo, la prensa y el público de todo el globo tras su conquista de 7 medallas de oro en las trágicas Olimpíadas de Munich de 1972, estableciendo en cada oportunidad un record mundial. Los 100 y 200 m libre, 100 y 200 m mariposa y los tres relevos (4×100 y 4×200 m libre y 4×100 m 4 estilos) fueron todos suyos.
Como si fuera ayer conservo vivo el recuerdo de esas carreras que, a mis flamantes 14 años, seguía desde el televisor junto a mi familia a través de esas indescriptibles imágenes desdibujadas en la vieja pantalla en blanco y negro. Recuerdo el entusiasmo, el furor y el pánico, ya que nunca antes en los anales olímpicos un deportista se había hecho acreedor a semejante distinción… ni tampoco había tenido que abandonar la villa en medio de un operativo de seguridad jamás visto en una olimpíada.
Devuelto a casa sano y salvo, y ya con la etiqueta de héroe nacional haciéndose un lugar en su pecho en medio de las siete medallas doradas, Mark Andrew Spitz anunció su retiro de la natación. “Desde los 14 años había nadado más de 41.000 kilómetros, había participado en dos Juegos Olímpicos, había obtenido 9 medallas de oro -más que ningún otro atleta en la historia-, había batido 35 records mundiales, me había preparado para retirarme a esa edad y… ese día fue el más feliz de mi vida”, confesaba un sonriente Spitz dos décadas después. La noticia de su retiro fue recibida con un aluvión de ofertas de toda índole provenientes de todos los rincones… incluso de Hollywood, a la usanza de su mentor Johnny “Tarzán” Weismuller. Sacó provecho de un puñado de esas ofertas, y cuando la efervescencia de sus proezas comenzó a desvanecerse Spitz ya era un millonario casado y con un envidiable porvenir.
Nunca alejado completamente de las piscinas, en 1984 se dio el lujo de vencer al campeón de entonces, el velocista Ambrose “Rowdy” Gaines en una serie de competencias. El triunfo fue un estimulante, pero habrían de pasar 5 años más para que Spitz se decidiera por comenzar los entrenamientos con vistas a las Olimpíadas de Barcelona 1992, a pesar de que la barrera de los 40 años ya se interponía perceptiblemente para el ex-recordman mundial. “Quería probarme -explicaría poco después-. Era un desafío interesante saber qué puede hacer una persona a esa edad. Antes nadie lo había intentado. Yo no quería ganar una medalla de oro, sólo pensaba que humildemente podía clasificarme para Barcelona ‘92″.
Un año antes de las olimpíadas, en un amistoso disputado con jóvenes figuras de entonces, Spitz perdió los 50 m mariposa a manos de Tom Jager y el portentoso Matt Biondi. Cuando llegaron los Olympic Trials del ‘92, la suerte tampoco le fue favorable y tuvo que conformarse con contemplar los JJ.OO. de Barcelona desde el televisor. “Quedé un poco desilusionado por no haber nadado tan rápido, pero conforme con los resultados: me metí entre los primeros 25 del mundo. Nadé con una diferencia de 27/100 de segundo respecto de mi mejor marca de 1972 y demostré que a los 41 años seguía un 94% de la habilidad que tenía a los 20″, manifestaba un eufórico Mark, aunque aclaraba con picardía: “De todas maneras, llegué a la conclusión de que tenía que jugar al tenis…”
Por cierto su noble intento no quedó en el olvido. Quince años después otra compatriota demostraría que no sólo se puede llegar a una piscina olímpica a los 41 años… sino también establecer un record! Y si alguien duda de esto, preguntémosle a la velocista Dara Torres, veterana de Los Angeles 1984 y triple medallista de plata en Beijing 2008, con record estadounidense en los 50 m libre femeninos.
Volviendo a Spitz, hay que reconocer que a pesar de su firme dictamen no sólo se dedicó al tenis. En septiembre de 1993, en calidad de invitado estelar del “2º Congreso Internacional de Actividades Acuáticas” organizado por el Instituto Superior de Educación Física Infantil (ISEFI) Mark Spitz llegó a Buenos Aires e hizo de las suyas en una clase magistral que brindó en la pileta cubierta de Gimnasia y Esgrima (GEBA) rodeado de un centenar de grandes y, en especial, chicos que no querían perder la ocasión de estar en contacto directo con un viejo ídolo.
La visita de tan ilustre figura por tierras argentinas dio pie a un encuentro con la prensa local y la revista “El Gráfico” recogió una sabrosa entrevista en la que Mark recordó sus épocas de nadador principiante, allá en Santa Clara, California, y bajo las órdenes de un entrenador cuyo nombre llena las páginas de cualquier guía telefónica de ciudad angloparlante: John Smith, responsable del equipo olímpico norteamericano durante los ‘60.
“Para ser un grande hay que asociarse con otro que ya sea grande -expresó Mark ante los periodistas de ‘El Gráfico’-. Smith tenía entre sus alumnos a varios campeones olímpicos y me dio la oportunidad, aún siendo mucho más joven, de entrenarme con ellos. En ese grupo estaba un compatriota de ustedes, Luis Alberto Nicolao (con quien me entrené entre los 14 y los 18 años) un verdadero monstruo, y el norteamericano Donald Schollander, el primer ganador de cuatro medallas de oro. Todos los días mejoraba un poquito, nunca dejé de nadar. Un día del verano de 1967, cuando tenía 17 años, se corrió una prueba que se llamó los ‘400 metros de Schollander’ y Donald -el gran homenajeado- estaba en el andarivel de la derecha. Desde que nos tiramos al agua traté de imponer un ritmo más o menos veloz. A mitad de carrera iba puntero y no me sentía cansado. Sabía que podía mejorar mi marca personal de 4m 18s, que estaba lejos del record mundial de 4m 12s de Donald. Entonces, en la vuelta final hice un esfuerzo… Cuando toqué el borde y levanté la cabeza, el tablero marcaba 4m 10s. Nuevo record mundial! No lo podía creer y debo confesar que mirar a Schollander me dio un poquito de vergüenza…”
A mediados de los ‘90 Mark Spitz era ya un orgulloso padre de dos hijos y un exitoso hombre de negocios dedicado por igual a emprendimientos tan dispares entre sí como una empresa de productos alimenticios, el diseño de mallas de competición para la marca “Arena” y la compra-venta de inmuebles. También afirmaba escribir algunas poesías, “que no sé si son buenas o malas”…
En 1994 el canal local de cable I-Sat emitió un documental conmemorativo de las Olimpíadas de Munich presentado por Mark Spitz. Este video, digitalizado de mi VHS que recogió el evento, es tan sólo una parte de lo que nos cuenta -doblaje mediante- de sus recuerdos de la época. Casi 40 años después, todavía es un lujo verlo nadar:
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Hábil también con las palabras a flor de boca, Spitz es hoy un codiciado orador motivador que no vacila en dirigirse con firmeza a ejecutivos y empleados de empresas líderes, entre ellas Panasonic, Astra Zeneca, Pfizer, General Motors y Coca-Cola.
Sus vivencias y anécdotas ya han llegado al formato libro a través de la biografía de Richard J. Foster publicada en 2008 titulada, previsiblemente, “Mark Spitz: The Extraordinary Life of an Olympic Champion” y de la que, también previsiblemente, Spitz rubrica el prólogo.
“La vida discurre por lo habitual; en cambio los records están para ser batidos”, dijo una vez. Y en agosto de 2008, cuando después de 36 años en el trono olímpico tuvo que ceder su corona a su compatriota y colega nadador Michael Phelps porque precisamente este acababa de batirle un record histórico, Mark Spitz se mantuvo fiel a sus principios. “Ahora tenés una tremenda responsabilidad ante la gente que vas a inspirar durante los próximos años y sé que portarás la corona como corresponde”, le dijo al nuevo campeón.
Esperemos que Phelps se haga eco de estas palabras y sepa llevar su merecido cetro con la misma dignidad de su honroso antecesor.
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Artículo parcialmente basado en la nota publicada en el Nº 3860 de la revista “El Gráfico”. La segunda y tercera imagen son modificaciones de las fotos publicadas en dicha nota.




