Club Instituto Atlético Central Córdoba

IACC Parte III: Bitácora de nado (Segunda nota)

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Prosiguiendo con los grandes de la natación de Instituto, hubo también una colosal figura que en mis tiempos acababa de alejarse de las competencias sin mayores remordimientos… antes de regresar como Master varios años después. Hablo de la sobresaliente Cecilia Cuffini, nadadora velocista digna de un Top Ten hasta el día de hoy y, como si fuera poco, notable científica investigadora en el área de Bioquímica Clínica, actual Jefa de Laboratorio de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba. Con total conocimiento de causa doy fe de que coordinar la investigación académica con cualquier otra actividad extra, y más aún en el nivel de Cecilia, es una misión casi imposible. Cómo logra ella distinguirse tanto en su profesión como en el deporte va más allá de mi razonamiento lógico.

La gran Cecilia Cuffini

La gran Cecilia Cuffini

El epígrafe de la foto de la derecha, que originalmente aparece en el sitio web de la Asociación Deportiva Atenas de Córdoba -donde Cecilia está nadando actualmente- nos dice que fue Campeona Argentina 2007 en los 50, 100 y 200 m mariposa, y en 50, 100 y 200 m libre de la categoría Master. A propósito de lo que decía unos renglones más arriba, no?…

Tuve la gran oportunidad de conocer personalmente a Cecilia hace ya mucho tiempo, cuando éramos estudiantes en la Facultad de Ciencias Químicas de la UNC. Fue en 1987, único año de mi carrera (3º año) en que tuve como compañera a su hermana mayor, Silvia Cuffini, otra devota de la ciencia por el lado de la Físicoquímica y también actual científica, que alternaba materias con la selecta Facultad de Matemática, Astronomía y Física (FAMAF). Recuerdo que había ido en mi bicicleta al departamento de Silvia, aquí cerca en barrio San Martín, para estudiar una materia que estábamos preparando… y allí me encontré con Cecilia y la madre de las chicas. Por supuesto, el tema de la natación no tardó en hacerse presente y nos trenzamos en una sabrosísima charla en la que, entre otras cosas, la mamá graciosamente se puso a recordar anécdotas de los tantos torneos de Cecilia. Era de las que solían disputar su orgullo de madre con otras madres “competidoras” mientras agitaban toallas al aire alentando a sus chicas que corrían en andariveles contiguos: “Esta es mi hija”, le advertía una en tono amenazante… “Y ESTA ES MI HIJA!!” contestaba ella, regodeándose por anticipado de un triunfo seguro de Cecilia. Por esa época, sin embargo, Cecilia parecía hastiada de la natación. “Me gustaría disfrutar de una pileta alguna vez -recuerdo que me dijo-. Lo único que hago cuando me meto en una es ponerme automáticamente a nadar”. Bueno, Ceci… ahí sí que tenemos algo en común!

divisor.gifMis inviernos de natación en Instituto prosiguieron a buen paso, aunque debo confesar que fue la única época de mi vida deportiva en que cierta “vagancia” predominó sobre mi decisión vespertina de alistar el bolso, subirme a la bici (sí, la misma con la que iba al Ateneo en Santa Fe) y remontar hacia el norte en pendiente suave durante 8 cuadras. No podría echarle la culpa de mi ocasional letargo al pesado ritmo de estudio en la facultad, porque después de recibirme mis ausencias en el club se hicieron notar aún más. Gracias a los registros escritos compruebo no sin desesperación que en el año 1990 sólo tengo 40 entradas a la pileta! Algo que considero “vergonzoso” para mis estándares de hoy, que rondan en promedio las 110-120 entradas anuales.

Vista general de la cabecera norte de la piscina cubierta

Vista general de la cabecera norte de la piscina cubierta

Sin embargo, recuerdo muy bien la confluencia de otros factores inherentes al club que conspiraban contra un ritmo sostenido. Por “x” motivos seguramente relacionados con cuestiones financieras, el club no sólo comenzó a descuidar sus natatorios, sino también su propio equipo de nadadores -Mónica Gale ya hacía rato que había partido de sus filas- y en más de una ocasión la pileta invernal sufría clausuras temporarias por una razón u otra. Dado que el único deporte que ameritaba el pago de mi cuota societaria era la natación, y en vista de que la piscina no siempre estaba habilitada, decidí que mi dinero era demasiado importante como para malgastarlo y por ende renuncié a la membresía del club. Cuando la pileta estuviera disponible, pagaría por día en la categoría “No socios”. Debo haber archivado muy bien mi carnet de IACC desde entonces, ya que nunca más pude encontrarlo, ni siquiera para tomarle un scan para esta nota…

Detalle de la cabecera norte con un grupo de chicos de los cursos de natacion

Detalle de la cabecera norte con un grupo de chicos de los cursos de natacion

Tengo bien presente una tarde en la que al abonar mi pase diario me advirtieron que la pileta adolecía de otro inconveniente (!), esta vez con la caldera, y por ende la temperatura del agua no era la óptima. ¿Cuál puede ser el problema?, me dije. Después de todo, siempre fui un torbellino incansable que no para de moverse desde que llega hasta que se va, por lo cual le doy eternamente la bienvenida a aguas más bien frescas. Sin embargo, me llamó la atención encontrar la pileta solitaria, sin un alma alrededor. Regodeándome de antemano por la excelente jornada natatoria que tendría por delante, me zambullí con sumo placer… sensación que muy pronto se convirtió en tormento apenas tomé contacto con el agua.

Mirando hacia la cabecera sur, frente a la piscina olímpica

Mirando hacia la cabecera sur, frente a la piscina olímpica

Eso no era una temperatura no óptima: eran las mismísimas aguas del Círculo Polar Antártico! A pesar de varios intentos, por primera y creo que única vez hasta el momento me fue imposible vencer el shock producido por un agua demasiado fría, especialmente cuando advertí mi dificultad para respirar normalmente. Tras algunas infructuosas vueltas en las que mi condición no mejoró, resolví volverme a mi casa y dedicarme a otro menester. Creo que a partir de entonces fue cuando se despertó mi admiración por aquellos bravos nadadores que desafían aguas tan heladas como las del lago Titicaca, el Nahuel Huapi, el Canal de Beagle u otros entornos igual de “acogedores” por el hemisferio norte.

La cabecera sur en detalle

La cabecera sur en detalle

Mi “aguante” con las vicisitudes que atravesaba la pobre piscina corta, sumado a la magra actividad que podía desplegar en la pileta olímpica durante el verano fue menguando hasta que un día dijo basta. Todavía no alcanzo a discernir si se trató de una realidad, un sueño, una broma o una leyenda urbana, pero creo recordar que la nueva “historia del caño embargado”, que impedía el normal suministro de agua a la pileta de invierno -y que por ende motivó otra clausura más- puso fin no sólo a mi paciencia, sino también a mis días en Instituto.

El nombre de la Academia Bucor -Natación Todo El Año era su slogan- hacía rato que venía revoloteando en mi cabeza y en enero de 1992 aparecí en la sede Centro por primera vez… para convertirla en mi hogar deportivo durante los siguientes 15 años. Pero bueno, ese ya es otro capítulo que dentro de no mucho tendrá su lugar en Andarivel 4. Durante el ‘92, y creo que el ‘93 también, alterné entre Bucor en verano e Instituto en invierno, para quedarme definitivamente en Bucor de ahí en más.

divisor2.gifSin embargo, como escribí al comienzo de esta serie de notas, a pesar de las falencias apuntadas Instituto es un club al que siempre se vuelve. No sé exactamente cuál es el motivo que cada tanto me empuja a un retorno: puede ser su proximidad a mi casa, puede ser la ventaja de tener al menos un andarivel disponible a cualquier hora del día (lo que no ocurre con las academias), puede ser el cariño que supe tomarle, a pesar de todo, a una institución que durante muchos años también se llevó mi aliento con cada brazada.

Gran espejo en el vestuario... por fin!

Gran espejo en el vestuario... por fin!

Aunque volví a IACC uno que otro día a fines de los ‘90, siempre pagando como visitante, pasaron varios años de ausencia. En el 2007, año en que dí rienda suelta a mi espíritu aventurero y ávido de probar el gustillo de cuanta pileta me venga en ganas, hice un triunfal regreso temporario a Instituto, en el que a lo largo de unos 15 días repartidos particularmente entre septiembre y noviembre hice mía la pileta de invierno. Y digo “mía” porque en horario de mediodía -al que las academias tuvieron forzosamente que acostumbrarme- la tenía enteramente a mi disposición y lista para soportarme durante los 2.500-3.000 metros que me recorría por jornada.

Fue muy grato encontrarme otra vez con Elba, que me recordaba perfectamente y nos pusimos a charlar, como así también conocer las reformas realizadas durante mi ausencia, como el nuevo ingreso a la piscina que bordea la cancha techada de básquet y la construcción de los nuevos vestuarios de invierno -bastante más modernizados, con lockers, mesada con grandes bachas de acero inoxidable y hasta un enorme espejo!

... Y lockers tambien!

... Y lockers tambien!

El agua de la pileta también es más clara, más limpia y más tibia, pero… a ver si el club se esmera para la compra de nuevos andariveles rompeolas, porque de los existentes sólo está quedando la soga… Y si no, observemos bien las fotos que acompañan este post. Dicho sea de paso, todas las fotos de la pileta cubierta y el vestuario de damas que vemos aquí son tomas personales, pero tuve que hacerlas dos veces, ya que en la primera (de noche y en invierno) el intenso vapor del natatorio empañaba el objetivo de mi cámara y las fotos quedaron borrosas. En el segundo intento (al mediodía y en un día primaveral) salieron perfectas.

Actualmente me siento sumamente a gusto con la Academia Crol y sus dos modernas piletas cubiertas a nuestra libre disposición y elección, por lo que no veo motivo para un cambio. Sin embargo, la posibilidad de otra vuelta a Instituto, aunque sea por un día, siempre permanece abierta. El momento y las circunstancias dirán cuándo.

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