Club Ateneo Inmaculada de Santa Fe

Parte II: Todo un mundo en 25 metros

 

A falta de información concreta, tengo sin embargo un indicio de la época de la que data la vieja pileta del Ateneo Inmaculada. Precisamente a comienzos de los años ‘50, cuando Gimnasia y Esgrima ya contaba con un destacado plantel de nadadores, las autoridades de dicho club se lamentaban ante “el éxodo de las mejores figuras al habilitarse el Natatorio Cubierto del Ateneo de la Inmaculada” (revista editada en conmemoración del 70º aniversario de GyE). Esto ocurría en la temporada 1952-1953, por lo que es de imaginar que el Ateneo inauguró la primera (y única, durante unos 30 años) pileta techada de Santa Fe aproximadamente en ese período.

Por ser de características particulares, el club había diseñado su pileta a lo grande, capaz de cobijar a todos los deportes acuáticos de la época en un solo natatorio, donde podía disfrutarse tanto de la natación, como del water-polo y los saltos ornamentales. A tal efecto, sobre la cabecera sur de la pileta se erigía una monumental plataforma de 10 metros de altura, con dos plataformas laterales de 3 metros, complejo al que se accedía por medio de una estrecha escalera.

En rigor, nunca vi funcionar oficialmente semejante estructura de clavados durante mis 10 años de trayectoria en el Ateneo. Por empezar, el uso de la misma estaba expresamente prohibido para los socios, aunque ello no impidió que algunos audaces tentaran su suerte desde los trampolines de 3 metros. Una única vez tuve la osadía de trepar por la escalera hasta la altura de la plataforma principal y aferrarme al balcón sobre los laterales de la misma. La vista de la pileta se había reducido al tamaño de una caja de fósforos… y el pavor que me provocó tal escena pronto me hizo comprender que los saltos ornamentales jamás formarían parte de mi rutina acuática. Me preguntaba cómo harían los clavadistas para caer dentro de la pileta y no sobre los costados. Un misterio para mí. “Me siento mucho mejor al ras del agua”, dije para mis adentros… y bajé volando la escalera para no volver a subirla nunca más.

No será novedad para muchos enterarse, pues, de que la profundidad en la cabecera sur de la pileta era descomunal. De hecho nunca me preocupé por llegar hasta el fondo, pero se hablaba de 8 metros… y no me sorprende. Otra que “fondo de cuchara”… El relieve del fondo de la pileta del Ateneo se parecía al de las fosas marinas del Pacífico. Arrancaba en la parte playa (cabecera norte) con una profundidad en la que, salvo una vez, nunca hice pie… aunque uno de mis primos que llevé un día -y que ya en su adolescencia alcanzaba 1,80 m de altura- me confesó que sí había podido pararse sobre el fondo. Inmediatamente después, el nivel comenzaba a descender progresivamente, y en la mitad de la pileta se hundía en aguas generalmente turbias hasta llegar a los 8 metros en la cabecera sur. Por su parte, la distancia desde la parte honda de la pileta hasta el techo era tal, que creo que esa misma pileta hubiera cabido perfectamente en posición vertical dentro del recinto… ¡y aún así no hubiera tocado el techo!

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Azulejada de punta a punta y de arriba a abajo, con salivaderos rodeando todo su perímetro (si no me equivoco), la pileta hacía alarde de un detalle muy curioso. Recuerdo que lo primero que me comentó mi abuelo materno sobre esa pileta fue lo de las ventanitas iluminadas en los costados y aunque no sé de dónde había obtenido la información, ya que él nunca había nadado en esa pileta, lo primero que hice en mi primer día de Ateneo fue buscar (y encontrar) esas misteriosas ventanitas.

En efecto, los laterales de la pileta contenían pequeñas ventanas de vidrio grueso, de aproximadamente 20 x 15 cm, espaciadas cada 3 ó 4 metros y a unos 60 cm por debajo del nivel del agua. Aparentemente prestaban su utilidad, ya que desde el túnel de inspección que rodeaba la pileta podía monitorearse el estado tanto de la pileta misma como del agua a través de dichas ventanitas. La luz que éstas dejaban traslucir era la que provenía del túnel, lo que les daba la apariencia de ser verdaderos focos de luz subacuática, cuando en realidad sólo se trataba de meras ventanas.

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A pesar de estar diseñada para competencias, la pileta carecía por completo de plataformas de largada. Por lo tanto, ya fuere en algunas sesiones de entrenamiento o en los torneos propiamente dichos, se instalaban para la ocasión unas plataformas de madera blanca de aspecto de cajón de manzanas de dos niveles y con goma negra antideslizante en su nivel superior. Cuando ya no se necesitaban, las plataformas volvían a desmontarse y se guardaban en el pañol hasta su próxima utilidad.

Un habitat muy parecido al nuestro en el AteneoEn raras oportunidades nadé en la pileta sin andariveles. Casi siempre se tendían cuatro andariveles (como siempre, los de boyitas plásticas de color amarillo) que delimitaban las cuatro “calles” reservadas para el entrenamiento de los distintos equipos de competición, incluido -claro está- el de la casa. El espacio que quedaba entre el cuarto andarivel y el lateral este de la pileta -es decir, el espacio correspondiente a las dos “calles” restantes- era el destinado a la práctica libre y, por lo tanto, nuestro “hábitat” (muy similar al sector derecho de la pileta de la foto de arriba). A veces no era sencillo nadar allí. Solía haber muchos socios en mi horario de práctica -generalmente, entre las 18 y las 20 hs- y si no establecíamos ciertas “reglas de tráfico” la experiencia podía convertirse en un caos.

Por eso, tal vez como producto de un tácito acuerdo mutuo que más tarde se convertiría en “reglamento a rajatabla”, o tal vez porque instintivamente copiamos el formato de circulación que seguían los nadadores federados a nuestro lado, muchos comenzamos a nadar en círculo… o “en rueda”, como le indicábamos a cualquier novato que ingresara en nuestro territorio. No obstante, como no todo ingresante a la pileta mostraba el mismo entusiasmo por nadar que nosotros, forzosamente debíamos subdividir el sector en dos. Así, los lap swimmers íbamos de sur a norte siguiendo una línea imaginaria donde debería estar tendido el andarivel faltante y volvíamos de norte a sur virtualmente “pegados” al andarivel colindante con el “territorio de los federados”. Los que no deseaban trabajar tanto, se quedaban contra el lateral este de la pileta. Sí, era el “arréglese como pueda”, pero… ¡nadábamos!

Y seguíamos reglas: respetar al más rápido dejándolo adelante, sobrepasar a uno más lento teniendo mucho cuidado de quién venía en sentido contrario, no detenernos en la mitad de la pileta… Fueron reglas que aprendí entonces y las respeto -y hago respetar- hasta el día de hoy.

Mucho tiempo después y ahora, recorriendo Internet, me entero de que esas son las “reglas de etiqueta de la natación en pileta libre” (lap-swimming etiquette) exigidas en piscinas de todo el mundo… y, como siempre, casi desconocidas en la Argentina. Por eso, antes de seguir con mis recuerdos en el Ateneo Inmaculada quisiera dedicar este blog a lo que aprendí sin saberlo hace ya 30 años… y que no todos los aficionados ponen hoy en práctica en una pileta.

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