Club Gimnasia y Esgrima de Santa Fe

Parte V: Mis recuerdos de los viejos torneos de natación

 

Presenciar una competencia de natación es uno de los regalos más emocionantes para fanáticos como yo. Y, afortunadamente, desde aquel verano de 1969-1970 hasta hoy puedo dar cuenta de decenas de ellas.

Claro que ahora es muy sencillo. En muchos casos, uno ni siquiera tiene que moverse de su casa para contemplar el espectáculo. No sólo hoy tenemos Internet y Youtube, sino que, cuando se trata de buena calidad de imagen, por suerte hay uno que otro canal de cable que se acuerda de que la natación merece televisarse -aunque no acuse el generoso rating de un partido de fútbol- y muy de vez en cuando nos obsequia la transmisión de algún torneo importante. Para los pocos que aún conservamos nuestra vieja videocasetera, tal transmisión invariablemente se convierte en un valioso documento que perdura durante años.

Sin embargo, cuando me inicié en la natación la única forma de palpitar la emoción entre andariveles era asistiendo a los torneos, presenciándolos desde alguna privilegiada ubicación en las tribunas de cemento… durísimas e incómodas, pero bueno, no durábamos mucho tiempo sentados ni inmóviles…

Como es lógico suponer, los primeros torneos de mi vida los presencié en mi propio club de entonces, Gimnasia y Esgrima de Santa Fe, allá por 1970 ó 1971, cuando los ídolos “mensana” eran todos los ya nombrados. Los más populares que allí se celebraban eran el “Torneo del Litoral Argentino” y, de tanto en tanto, el “Torneo de la República”, aunque de hecho no eran los únicos. Tal como ocurre hoy, era muy común que los torneos se extendieran por varias jornadas, de modo que gozábamos de un gran convite durante días.

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Siempre asistí a las finales -en los casos en que se disputaban eliminatorias previas-, que tenían lugar por la tarde desde las 19 ó 19:30, cuando el sol todavía brillaba alto en el horizonte, y duraban no menos de 2 horas, pero sí más.

La pileta “grande” era siempre la anfitriona, así que los organizadores la vestían de lujo para la ocasión. Como aquellos que escudriñan su placard a la hora de elegir la mejor ropa para una fiesta, le tendían los andariveles “de torneo”, esos de boyitas plásticas, pero nuevos y relucientes; colocaban, una por una, las agarraderas metálicas para la largada de las pruebas de espalda, ya que las conejeras no contaban con las mismas empotradas, como la mayoría de las piletas; extendían los banderines indicadores de la vuelta de espalda; ubicaban la Mesa de Control, el podio y el equipo de audio; preparaban y revisaban el funcionamiento de los cronómetros (ni hablar en esa época de paneles electrónicos de toque, como los que se usan actualmente), probaban la iluminación… y así, poco a poco, el natatorio comenzaba a enmarcarse dentro de un escenario diferente, listo para recibir a una oleada de niños y adolescentes de todo el país que llegaban con el mejor de los objetivos: competir y, de ser posible, ganar.

Los pormenores de toda esta meticulosa organización más de una vez me sorprendieron en el mismo club, mientras hacía mi práctica. Mi locura era zambullirme en “la grande”, ya vestida de fiesta, y nadar entre sus andariveles, algo que en Gimnasia y Esgrima pude hacer en raras ocasiones. Pero invariablemente algún bañero nos sacaba del agua y nos mandaba a cambiar a los vestuarios, ya que las prácticas se suspendían temprano para ultimar los detalles de organización previos al comienzo del torneo.

Muchas otras veces llegaba al club -en compañía de algún primo, de mi mamá o de mi abuelo- un rato antes del comienzo del torneo… con un sandwich dentro del bolso. Después de todo, la jornada iba a ser larga y la hora de la cena nos sorprendería aún en las tribunas! Esas llegadas anticipadas eran una delicia, no sólo porque nos aseguraban una buena ubicación en la tribuna, sino porque podíamos contemplar a todos los nadadores de todos los clubes haciendo sus rutinas de precalentamiento en la pileta, practicando largadas y vueltas americanas, corriendo piques o simplemente ablandando.

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De todos los visitantes ilustres, hay que reconocer que por aquella época la natación argentina contaba con un baluarte prácticamente invencible: Rosario. En todos los torneos Rosario hacía sentir su sólida e implacable presencia a través de cuatro clubes que cobijaban a nadadores de avanzada: Gimnasia y Esgrima (GER), Club Regatas (CRR), Club Atlético Provincial (CAP) y, muy especialmente, Newell’s Old Boys (NOB). Entre ellos había figuras que hacían temblar las tablas de records: Susana Procopio y Patricia Sentous (representantes argentinas en las Olimpíadas de México, 1968), Patricia López Muñiz (Olimpíadas de Munich, 1972), Gabriel Zalba, Inés Hernández, Daniel Gotman, Marcelo Mosquera, Graciela Cadierno y Hebe García Borrás, entre los que me acuerdo.

 

Teniendo en cuenta lo que supo ser, es llamativo cómo el prestigio de la natación rosarina fue decayendo lentamente desde fines de los ‘80, cuando se apagó el brillo de astros de la época como Andrea Neumayer, Cynthia Bellotto y Fabián Ferrari… y el poderoso club Newell’s Old Boys literalmente desapareció del listado de participantes en los torneos. Todo parece indicar que hoy en día las miradas dirigidas a los nadadores más destacados del interior del país apuntan hacia Córdoba, Santa Fe y ocasionalmente Paraná. ¿Qué pasa con Rosario?

 

Era casi costumbre que el trofeo de los torneos finalmente quedara en manos de alguno de los clubes rosarinos del Parque Independencia, pero los que yo presencié también convocaban otras entidades dignas de una reconocida distinción.

La ciudad de Paraná aportaba sus excelentes valores provenientes del Club Atlético Estudiantes (CAEP), Atlético Echagüe Club (AEC) y el Paraná Rowing Club (PRC).

Del interior de la provincia de Santa Fe era célebre el Club Atlético Libertad de San Jerónimo Norte (CALSJN) de donde, si no me equivoco, surgió la gran nadadora de entonces, Ana María Arnold.

Por su parte Buenos Aires solía concurrir con buenos nadadores de Gimnasia y Esgrima (GEBA), único club que recuerdo de esa época, ya que la Federación Ateneo de la Juventud (FAJ) vendría un tiempo después y el hoy popular River Plate no contaba aún con nadadores importantes, que yo sepa.

Finalmente, la ciudad anfitriona reunía a sus máximos exponentes del Club Regatas (CRSF), Ateneo Inmaculada (AISF), Club Náutico El Quillá (CNQ), Club Atlético Unión (CAU), este último, poseedor de la única pileta de 50 metros con la que contaba la ciudad por entonces… y claro, Gimnasia y Esgrima (GESF).

Este desfile multicolor de uniformes deportivos (cada club tenía el suyo) agregaba otro matiz a los torneos, cuyas instancias previas disfrutábamos desde la tribuna, con música brotando de los parlantes, pruebas de micrófono y los nadadores que seguían precalentando en la pileta.

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El relax terminaba cuando una voz masculina tronaba desde los parlantes… “En unos minutos dará comienzo la jornada xxx del torneo xxx… Se solicita pileta libre a los señores nadadores…”. Esto indicaba que aquellos que todavía estuvieran en la pileta debían abandonarla y aprestarse para el comienzo del torneo. Sin embargo, no todos los nadadores obedecían la orden, por lo que al rato volvía la voz… “pileta libre nadadores, por favor…”.

Por fin la pileta quedaba despejada, el agua volvía a formar un límpido espejo inmóvil y así como en el cine las luces se apagan para el comienzo de la película, aquí se encendían para empezar con el torneo y el llamado de las pruebas.

En ese entonces los nadadores de cada prueba no ingresaban al natatorio formando una fila encabezada por alguna niña atractiva, como lo hacen actualmente. Eso estaba reservado para las grandes competencias internacionales. Tampoco se sentaban en cómodos sillones con apoyabrazos esperando que fueran presentados. Todo comenzaba por algo así como… “Primer llamado para los 100 metros libre mujeres Infantiles “D”. Correrán, por cancha 1, xxx del club xxx; por cancha 2…”. De algo me alegro que hoy se haya sustituido el ambiguo término “cancha” por “andarivel”… mucho más adecuado para el contexto y entorno… Los nadadores simplemente llegaban a las conejeras en cualquier orden, se paraban frente a la que les correspondía y después del segundo anuncio de la prueba se preparaban para la largada.

Tampoco se conocía el uso de antiparras, ya sea para aprendizaje, entrenamientos o competencias, ni siquiera internacionales -si no, observemos a los nadadores de las Olimpíadas de Munich, por ejemplo. El cloro era dueño y señor de nuestros ojos; cómo lo soportábamos, hoy me resulta incomprensible. El uso de gorra era exclusivo de las mujeres, los trajes de neopreno constituían un cuento de ciencia-ficción del siglo XXI… De modo que las largadas eran muy rápidas porque no había mucho trabajo preliminar que hacer. Eso sí, los nadadores de espalda se arrojaban al agua como si fueran a nadar cualquiera de los otros estilos, solían recorrerse a veces casi toda la pileta… y cuando les daba en gana retornaban nadando espalda hasta las agarraderas para comenzar la prueba; la pérdida de tiempo era considerable. Hoy largan parados y ya mismo están listos para asirse de las agarraderas.

La tensión máxima en las tribunas y los alrededores de la pileta comenzaba con cada… “Listo señores jueces, listo señor largador”. Y así, el largador de la prueba se paraba sobre un costado de la pileta y a pocos metros de la cabecera de partida, hacía sonar su silbato para dar la orden de subir a las conejeras -momento en el que algunos nadadores se persignaban, otros se deseaban suerte a sí mismos y rápidamente todos tomaban su postura de largada- y empuñando su pistola de aire comprimido elevaba un brazo antes de pronunciar el clásico… “A sus marcas…”. No, no existían las chicharras electrónicas de hoy; las largadas eran con pistola, de modo que sonaba el disparo… y comenzaba la emoción.

Describir esa emoción es algo particular que cada uno lleva adentro. Sin embargo, es la misma emoción que perdura hasta hoy, porque a pesar de los adelantos, de la infraestructura y del paso de las generaciones, las competencias de natación siguen fabricando adrenalina. Para quienes las protagonizan y para quienes las presencian.

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Esa emoción prosiguió para mí durante las décadas subsiguientes y en otros escenarios -el Club Unión y el Ateneo Inmaculada de Santa Fe, el Colegio Gabriel Taborín de Córdoba- y con otros medios: diarios, revistas, televisión, video. También con otros nombres estrella de la natación…

… de fines de los ’70 y gran parte de los ’80: Alejandro Lecot, Alicia Boscatto, los hermanos cordobeses Roxana y Luis Juncos, Andrea Neumayer, Virginia Sacchero, Claudio Lutotovich, Fabián Ferrari, Andrés Marvelli, Daniel Garimaldi, Cynthia Bellotto, Cecilia Cuffini, Julio Falon y Hernán Cancio, entre otros, muchos de ellos representantes olímpicos.

… y de fines de los ’80 y casi todos los ’90: los hermanos Pablo y Andrés Minelli, el trágicamente desaparecido Sebastián Lasave, Gastón César, María del Pilar Pereyra, Gabriel Chaillou, Sergio Ferreyra, Alicia Barrancos, María Virginia Garrone y Agustín Fiorilli, muchos también nadadores olímpicos…

… y todos los nombres que hoy conocemos y que no necesitan ningún recordatorio porque siguen nadando, siguen cosechando aplausos y… fundamentalmente, siguen emocionando.

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