Recuerdos del M.C. Johnson Natatorium, Estados Unidos
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Creo que a todos nos llega en algún momento ESA oportunidad imperdible… tal vez única en nuestra existencia. Algo así como un golpe de suerte, un “ahora o nunca” donde todas las condiciones se cumplen como por arte de magia y no hay ningún motivo para decir “no”.
Tuve ese privilegio alguna vez. Llegó sin apuro, pero en el marco de una ocasión redonda, servida en bandeja, lista para regalarme un sueño de casi toda la vida. Una pasantía rentada y de corto plazo en la University of Southern Mississippi (USM) de Estados Unidos fue un regalo caído del cielo a mediados del 2000, como también lo fue la experiencia laboral y personal vivida en esos tres meses y pico.
Una de las máximas emociones durante ese verano septentrional del 2000 fue la posibilidad de alternar las horas laborales con la práctica de natación. Viviendo en un campus universitario de una magnitud que no existe todavía en la Argentina, mi recorrido diario iba desde mi lugar de trabajo en la School of Polymers and High Performance Materials hasta el Payne Center aledaño, un monumental centro polideportivo cuya fachada impacta a primera vista.
Cuesta creer que adentro de tan imponente edificio coexisten cuatro canchas de básquet, cuatro de voley, seis de badminton, un gimnasio completo y sala de pesas, entre otros… además de una piscina cubierta de 25 yardas y 6 andariveles, vestuarios, sauna y hasta servicio de provisión de toallas. Todo el recinto, incluida la piscina, disfruta de aire acondicionado con una suave frescura en verano y estimaría que acogedora tibieza en invierno.
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Todo el personal relacionado con la universidad, es decir, estudiantes, docentes, no docentes, becarios y pasantes teníamos acceso a las instalaciones del Payne por medio de un pago trimestral ínfimo (no recuerdo si eran 20-30 dólares) con la única restricción de acatar los días y horarios distribuidos para cada actividad.
El M.C. Johnson Natatorium fue naturalmente mi centro de concurrencia obligada, al menos cuatro veces por semana incluyendo sábados y domingos. Con un cronograma muy apretado que incluía clases de natación y buceo para chicos y adultos, entrenamiento de un equipo de competición, aquaerobics, natación recreativa y lap swim, tuve que elegir mi actividad y horario de práctica. Obviamente, lap swim era lo mío (“Fitness activity with lane ropes in place”, decía el folleto explicativo) es decir, el momento en que concurríamos todos aquellos sólo interesados en nadar, al estilo de la categoría “pileta libre” -sin chicos- que conocemos en la Argentina.

M.C. Johnson Natatorium - Sector de gradas desmontables y a la derecha puertas de acceso desde los vestuarios principales.
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Tal como sucedía en todas las piscinas por las que había pasado aquí, los períodos para lap swim eran sumamente tiranos: sólo 50 minutos a determinadas horas del día y dependiendo del día y la época del año. Después de escudriñar atentamente el “Schedule for Summer 2000″ que me dieron el primer día que fui a preguntar, tuve que concluir que el horario más conveniente para coordinar trabajo y deporte sería diariamente de 17:30 a 18:20 hs, excepto los martes y jueves en que a esa hora se ofrecían clases de aquaerobics.
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Si se empieza a describir el natatorio por los vestuarios, uno ya se quedaba con la boca abierta ante semejante portento. Amplitud, comodidad, limpieza, lujo y servicio de excepción son algunas de sus cualidades más relevantes. No era necesario llevar toalla; podíamos solicitar una limpia en el servicio de provisión de toallas que funcionaba continuamente como un Laverap y después de usarla la devolvíamos para su lavado.
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El impresionante sector de lockers en el vestuario contaba además con una centrífuga para trajes de baño, de modo de no mojar la mochila con la malla empapada, y con un ingenioso sistema para el secado del cabello. No eran otra cosa que los secadores para manos que funcionan por chorro de aire y que vemos en cualquier baño de establecimiento gastronómico, supermercado o shopping pero colgados en la pared a unos dos metros de altura. Por ende nos colocábamos debajo, el aparato comenzaba a funcionar automáticamente…. y voilá, cabello seco en minutos! Nada de enchufes al alcance de la mano ni cables molestos que entrañan semejante peligro en un ambiente tan húmedo de por sí. Parece mentira que una idea tan sencilla como brillante no se les haya ocurrido a los dueños de las academias locales por las que he transitado…

Sauna en el vestuario principal. Al fondo se ve el sector de lockers y a la izquierda de la foto esta el compartimiento de duchas.
Y como si fuera poco, a un costado del sector de lockers se erigía una cabina de sauna a la que diariamente le destiné unos 20 minutos antes del ingreso a la piscina. Fue cuando conocí lo que es un sauna, otro recurso que tampoco es mayormente explotado en las academias de natación por estos lares.
Duchas con dispensers de jabón (frente al sauna) e instalaciones sanitarias (aledañas al sector de lockers) completaban el vestuario de piscina más impresionante que he visto en mi vida, tanto por el tamaño como por la infraestructura y el indescriptible lujo.
Un corto pasillo vidriado saliendo del vestuario nos conducía a la piscina. Otra construcción imponente, con gradas desmontables, pequeño trampolín en un extremo (aunque no estaba permitido su uso) e inmensos rodillos portables donde se arrollaban los andariveles toda vez que no se usaban, tal como los rodillos para mangueras de jardín que vemos en los hipermercados, pero suficientemente grandes y resistentes como para recibir un andarivel rompeolas de 25 yardas de longitud.
El recinto ofrecía aún más vestuarios para ambos sexos en el otro extremo, tan amplios aunque no tan lujosos como los otros. ¿Deshidratados en la pileta? Qué esperanza! Bebederos a red de agua potable, como los de las heladerías, se repartían por todo el recinto (otro recurso desaprovechado por aquí!) y si mal no recuerdo incluso también en los vestuarios. Un pañol que ofrecía tablas, manoplas, pull-buoys y hasta aletas de goma de todos los números nos permitía procurarnos de todos estos adminículos -que de otro modo hubieran adicionado un considerable peso a mi valija de haberlos tenido que llevarlos desde aquí- y un guardavidas eternamente atento a la pileta con su flotador rojo al cuello como si fuera una boa constrictor completaban un paisaje que disfruté a mis anchas más de 30 veces a lo largo de mi estadía norteamericana.
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Si hubo un único inconveniente en todo esto fue la rigidez y estrechez de los horarios, sobre todo los fines de semana. Más de un sábado o domingo tuve que gritarle al encargado que no me apagara las luces del vestuario, ya que esos días la piscina cerraba a las 17:50… y de ahí debía correr hasta el comedor para que no me dejaran sin cena, ya que también este cerraba a las 18:30 hs. Esos horarios de cena que tienen en el hemisferio norte…
Cuando uno se pone a meditar en lo lejos que están las universidades argentinas de disponer y mantener este tipo de infraestructura deportiva, tal vez comprenda por qué el deporte amateur local está donde está. El prestigio académico de la USM, con sede en uno de los estados más pobres del país, no es ni por asomo el de Princeton, Harvard o la UCLA, pero sin embargo la universidad ostenta un campus de construcciones edilicias impresionantes y un centro deportivo de avanzada. ¿Cómo es posible?
Educación y salud constituyen el eje básico de la prosperidad de toda nación. El deporte contribuye en gran medida a ello, por lo que la integración en serio del deporte a las instituciones educativas de todo nivel es vital. Muchos países del mundo lo entendieron así; en la Argentina todavía se sigue esperando…
Entre tanto, el M.C. Johnson Natatorium y el Payne Center completo permanecen como un recuerdo personal imborrable, protagonistas de una experiencia única. Como para volver a vivirla, tal como fue!
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