Vivir de la natación
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Enriqueta Duarte no sólo es un nombre de lujo para la natación argentina desde comienzos de los años ’40. También es un verdadero ejemplo de entusiasmo y perseverancia, esfuerzo y sacrificio, pasión y satisfacción personal.
A sus 83 años y dueña del sinnúmero de trofeos y medallas que ha acumulado en las últimas 7 décadas, Enriqueta sigue nadando con el firme convencimiento que “la natación es lo mejor para mantenerse bien física y mentalmente”. Y qué razón tiene!
Son varios los visitantes de Andarivel 4 que han dejado sus amables comentarios sobre Enriqueta Duarte.
A todos ellos y a todas las ilustres glorias de la natación local de épocas lejanas, que aún hacen maravillas en la pileta, va dedicada esta nota, basada en una entrevista reciente publicada en la revista “Rumbos”, que se distribuye con la edición dominical de una veintena de diarios argentinos.
Nacida en Buenos Aires el 26 de febrero de 1929, Enriqueta Duarte no tuvo un encuentro precoz con el deporte que le cambiaría la vida, lo cual contrasta con las épocas actuales, desde el momento en que la mayoría de los nadadores de hoy “despiertan” en la pileta a sus 6 o 7 años. Pero hay que tener en cuenta que a principios de los ’40 la natación competitiva era disciplina de pocos y buenos, y a pesar del descollante antecedente local de Jeannette Campbell en la década anterior, el sexo femenino aún no tenía acceso masivo al deporte, menos aún al de pileta, en el que las mujeres debían concurrir en días u horarios distintos al de los hombres en no pocos clubes.
Enriqueta admite que faltaban doce días para cumplir sus 13 años cuando participó de su primera carrera de natación. “Era una prueba interna en el club Obras Sanitarias, -afirma-. La pileta en ese entonces tenía 33 metros. Técnicamente nadaba muy bien, tenía un buen estilo”. Su actuación debe haber impactado al entrenador del club, ya que rápidamente les propuso a los padres la incorporación de Enriqueta al equipo de competición. Y así comenzó la historia.
Alentada permanentemente por sus padres (“mi mamá era la bruja… ‘vos le vas a ganar a Fulana’, me decía”) fue progresando a buen paso, al punto que la prueba de distancia oficial límite para las mujeres de la época, los 200 metros libre, comenzó a resultarle corta. Ella daba para más y empezaba a acariciar las carreras de fondo. “La primera vez que se hizo una prueba de natación 400 m libre para mujeres fue en un torneo Senior de verano en el Jockey Club de Punta Lara [prov. de Buenos Aires]. Pileta de 50 metros, diez andariveles, las diez mejores nadadoras argentinas… y yo gano”. El suceso tuvo lugar el 14 de febrero de 1946 y Enriqueta afirma que desde entonces se hizo fondista.
De ahí a las Olimpíadas de Londres de 1948 había un paso y Enriqueta dio lo mejor de sí en tan ilustre evento.
Pero eran las grandes distancias y el enorme desafío que sólo proveen las competencias de aguas abiertas el detonante que movió a Enriqueta a cambiar de escenario y debutar nada menos que en el más temible. Efectivamente, el 16 de agosto de 1951 la intrépida fondista participó de la segunda edición del Cruce del Canal de la Mancha, junto a otro argentino ilustre: el bonaerense Antonio Abertondo, multicampeón de aguas abiertas y especialmente adicto a esta prueba extenuante, tanto que una década después cruzaría el canal ida y vuelta… caso único en el mundo hasta el día de hoy.
Con el apoyo económico de Eva Perón, a quien aún hoy admira, Enriqueta concretó su primer gran sueño a los 22 años, cuando dejó atrás no sólo las embravecidas aguas del Canal de la Mancha, sino también a 10 nadadores -hombres en su mayoría, incluyendo al propio Abertondo y el peruano Daniel Carpio. Con su 8º puesto en el cruce -que le llevó 13 horas y 26 minutos de lucha- no fue la primera mujer en llegar a la meta: cuarenta minutos antes había arribado la inglesa Brenda Fisher (5º lugar en la clasificación general). Pero Enriqueta fue la primera argentina involucrada en el cruce y eso fue una valiosa carta de presentación para futuras competencias. Dicho sea de paso, los grandes protagonistas de la edición ’51 del cruce fueron los célebres “cocodrilos del Nilo”: los egipcios Mareeh Hassan Hamad (ganador absoluto, con 12 h 12 min.), Hassan Abdel Rheim y Saied El Arabi, 3º y 4º respectivamente.
Claro que el costo del triunfo era alto: “A nosotras no nos permitían ni bailar, ni andar en bicicleta, ni jugar al ping-pong. No nos dejaban tomar sol! No hacíamos gimnasia complementaria ni nada… Además era el sacrificio de toda la familia porque todos tenían que bailar a mi ritmo”. Recibida de maestra y trabajando en la Escuela Normal Nº 1, Enriqueta entendía el sacrificio. Pero… “No abandones aunque te cueste”, le dijo sabiamente la directora del establecimiento y ella siguió adelante, aún como mujer casada y madre. En 1963 cruzó por primera vez el lago Nahuel Huapi sin ninguna protección contra las heladas aguas y sentó otro gran precedente. Es la creadora de la Competencia Internacional Cruce a Nado del Lago Nahuel Huapi y desde 2006 organiza esa prueba, que se celebra en marzo de cada año.
Vivió 29 años de su vida en Venezuela, a la que emigró en 1976 para trabajar en turismo y más tarde en Aerolíneas Argentina y la ex-Panam. Al principio, la natación no era parte de su vida en el país caribeño, pero… “Un mediodía estaba en mi casa leyendo el diario y veo un aviso rarísimo que hablaba de un torneo de natación. Llamo por teléfono y el que me atiende, cuando le cuento quién era, se volvió loco”. Fue su debut como nadadora Master y al día de hoy todavía permanece inscripta en la Federación venezolana. Precisamente, en el pasado mes de octubre, a sus 82 años, compitió en un torneo de Masters en la isla Margarita, donde participó en la friolera de 7 pruebas: 50 m pecho y libre, 100 m pecho y libre, y tres relevos como librista: libre y 4 estilos para mujeres y 4 estilos mixta. Ganó en todas y sólo en un relevo salió segunda.
Hoy vive en una modesta residencia del barrio porteño de San Telmo, a la que ha convertido en un santuario de “las Duarte”. Entre cuadros de ella con Eva Perón asoman trofeos por una estantería y una vieja bolsa guarda todas sus medallas, de las que confiesa no saber qué hacer con ellas.
Ya no recorre más las bravas aguas abiertas, pero sí es incansable en la pileta. Le gustaría competir por Argentina, pero… “Aquí a nadie le interesa, ni siquiera a los clubes. La gente de Racing, que es el club por el que yo crucé el Canal de la Mancha y el Nahuel Huapi, me mandó a decir, sin ahorrar groserías, que lo único que les interesa es el fútbol”. Lamentable.
Sin embargo, a la desidia de tantos que sólo tienen ojos para los deportes que mueven cifras millonarias, Enriqueta antepone sus palabras de amor y agradecimiento por un deporte francamente de excepción, palabras con las que muchos nos identificamos y compartimos a pleno: “Somos muchos los nadadores de 80 u 82 años y todos estamos sorprendidos de lo bien que estamos. Llegamos a la conclusión de que es gracias a la natación… No hay algo en la práctica de la natación que te perjudique en tu ser. Yo no gano plata con la natación. Vivo de la natación”.
Hermoso corolario, ejemplo y meta a seguir por todos aquellos que, muy, pero muy lejos de la trayectoria y gloria personal de Enriqueta, también vivimos de la natación.
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Artículo basado en la nota y entrevista a Enriqueta Duarte publicada en el número 439 de la revista “Rumbos”, del 21-22 de enero de 2012.
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